Al pie del acantilado, dieron con una pequeña choza apoyada en él, que tenía como habitación interior una hondonada natural en la roca.
El humo se extendía por la superficie de la pared rocosa, y el agradable olor a comida dio esperanzas al hambriento estudiante. Su guía abrió la puerta de la cabaña; él la siguió hacia adentro y vio a una mujer encorvada sobre un fuego en el centro del suelo. Sobre el fuego había un gran pez asándose.
La hija pronunció unas pocas palabras, y la madre se volvió y dio la bienvenida al forastero. Tenía un rostro anciano y muy arrugado, pero honesto, y parecía atribulada. Limpió de polvo la única silla de la cabaña y se la colocó junto al fuego, frente a la única ventana, desde donde él divisaba un pequeño sector de arena amarilla sobre el cual las olas gastadas se extendían lánguidamente.
Bajo esta ventana había un banco, sobre el cual la hija se arrojó en una postura inusual, apoyando la barbilla en la mano. Un momento después, el joven captó el primer vistazo de sus ojos azules. Estaban fijos en él con una extraña mirada de codicia, rayana en la urgencia, pero, como si fuera consciente de que la delataban o traicionaban, los bajó al instante. En cuanto los veló, su rostro, a pesar de su tez incolora, era casi hermoso.
Cuando el pescado estuvo listo, la anciana limpió la mesa de pino, la niveló sobre el piso irregular y la cubrió con un trozo de mantel de hilo fino.
Luego colocó el pescado en una fuente de madera e invitó al huésped a servirse. Al no ver otra provisión, este sacó del bolsillo un cuchillo de caza, cortó una porción del pescado y se la ofreció primero a la madre.
—Ven, cordero mío —dijo la anciana—, y la hija se acercó a la mesa. Pero las fosas nasales y la boca le temblaban de asco.