Tampoco esta inactividad era el resultado de un temperamento apagado, pues a veces su alegría y sus retozos infantiles no conocían límites; sino que parecía provenir de un exceso de actividad en su vida interior, que absorbía y, en cierta medida, frenaba la manifestación exterior. Tenía tanto que hacer en su reino oculto, que no le quedaba tiempo para tomar parte en la política y en la lucha de la comunidad que lo rodeaba.
Por consiguiente, mientras los otros muchachos actuaban, él pensaba.
En este punto de diferencia, sentía agudamente la superioridad de muchos de sus compañeros; pues otro muchacho habría superado el obstáculo o subyugado al adversario, mientras él meditaba sobre la conveniencia, o sobre los medios, de efectuar el fin deseado.
Envidiaba la prontitud de ellos, mientras que ellos jamás veían motivos para envidiar su sabiduría; pues su conciencia, delicada y no fuerte, transformaba con frecuencia la lentitud de determinación en irresolución: al tiempo que una delicadeza de los nervios simpáticos tendía a desviarlo de cualquier curso predeterminado, por la diversidad de sus vibraciones, sensibles a influencias de todas partes y destructivas para la unidad de propósito.
De alguien así, el juicio a priori sería que debería dejársele meditar y crecer durante algún tiempo, antes de exigirle que produzca los frutos de la acción. Pero a estas condiciones mentales agréguese una imaginación vívida y un alto sentido del honor, alimentado en la infancia por la lectura de los viejos romances caballerescos, y luego colóquese al joven en una posición en la que la acción es imperativa, y se tendrán elementos de conflicto suficientes para reducir su hermoso reino a la total anarquía y a la locura. Sin embargo, tan poco nos conocemos a nosotros mismos, y tan diferentes son los símbolos con los que la imaginación obra su álgebra de