Cuando despertó, el cielo y la tierra enteros parecieron desmentir por completo el pecado y la tristeza.
El sol apenas se alzaba sobre el horizonte, contemplando el cielo despejado y salpicado de nubes. De millones de gotas de agua suspendidas en los tallos curvados de la hierba, sus rayos chispeaban en variada refracción, transformados aquí en un suntuoso y ardiente rubí, allí en una esmeralda, verde como la hierba, y más allá en un brillante y soleado topacio.
La alondra, sacerdotisa cantora, se había elevado desde la baja tierra tan pronto como la luz celestial había comenzado a envolver e iluminar los pliegues de su tabernáculo; y había entrado en los altos cielos con su ofrenda, desde donde, invisible, dejaba caer ahora sobre la tierra los sonidos rociados de su dicha desbordante.
El pobre joven se levantó solo para arrodillarse y clamar, desde un corazón desgarrado: «¿No tienes, oh Padre, algo de cuidado por mí? ¿No puedes devolverme mi honor perdido? ¿Puede acaso sucederle a tus hijos algo para lo que no tengas remedio? Ciertamente, si el rostro de tu mundo no miente, la alegría y no el dolor mora en el corazón del universo. ¿No hay ninguna para mí?».
El más alto sentimiento poético del que hoy somos conscientes, no surge de la contemplación de la belleza perfeccionada, sino de la muda simpatía que la creación, con todos sus hijos, manifiesta con nosotros en el gemido y el dolor de parto que aguardan la filiación. Debido a nuestra necesidad y aspiración, la campanilla de invierno engendra en nuestros corazones un sentimiento espiritual y poético más elevado que la rosa más perfecta en forma, color y aroma.