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nydus/Short FictionPublic
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La anciana y su gallina

lugares muy difusa, no era de extrañar que se desvíase de él y descubriera que se había perdido. En el mismo momento en que se dio cuenta de esto, vio una luz a lo lejos, a la izquierda. Se dirigió hacia ella y comprobó que procedía de una pequeña choza en forma de colmena, cuya puerta estaba abierta. Cuando se encontraba a un par de yardas de ella, oyó una voz que decía:

—Entra, Colin; te estoy esperando.

Colin obedeció al instante, y encontró a la anciana sentada con su huso y su rueca, tal como la había visto cuando era un niño en el páramo sobre la cabaña de su padre.

—¿Cómo está, madre? —dijo él.

“Siempre estoy perfectamente bien. No me hagas nunca esa pregunta”.

—Bueno, pues ya no lo haré más —replicó Colin—. ¿Pero no vivías en Escocia?

“No vivo en ninguna parte; pero aquellos que hagan lo que les digo, siempre me encontrarán cuando me necesiten”.

—¿Ves ya, madre?

“¡Mira! Siempre veo tan bien que no vale la pena gastar la luz de los ojos. Así que los dejé apagar. Eran caros”.

Donde debían estar sus ojos, no había más que arrugas.

—¿Qué quieres? —retomó ella.

“Quiero a mi hijo. Las hadas se lo han llevado”.

—Eso ya lo sé.

“Y le han sacado los ojos”.

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