Vuelve a meterme
Debió de ser por entonces cuando el hijo de un rey, que vivía a mil millas de Lagobel, se puso en camino para buscar a la hija de una reina.
Viajó por tierras lejanas, pero tan seguro como que encontraba a una princesa, encontraba algún defecto en ella.
Por supuesto, no podía casarse con una simple mujer, por muy hermosa que fuera; y no había princesa que se hallara digna de él.
Si el príncipe estaba tan cerca de la perfección como para tener derecho a exigir la perfección misma, no puedo pretender decirlo.
Todo lo que sé es que era un joven apuesto, guapo, valiente, generoso, educado y de buen comportamiento, como todos los príncipes.
En sus deambulares se había topado con algunos informes sobre nuestra princesa; pero como todo el mundo decía que estaba hechizada, jamás se le pasó por la cabeza que ella pudiera hechizarlo a él.
Pues, en verdad, ¿qué podía hacer un príncipe con una princesa que había perdido su gravedad? ¿Quién podía saber lo que no perdería a continuación? Podía perder su visibilidad o su tangibilidad; o, en suma, el poder de causar impresiones en el sensorio radical; de modo que él jamás pudiese saber si estaba viva o muerta.
Por supuesto, no hizo más averiguaciones sobre ella.
Un día perdió de vista a su séquito en un gran bosque.