congelado en un frío más que invernal: ahora caminaba solitaria y sin su amor. Por las tardes, se esperaba que continuara su dibujo a la luz de la lámpara; y por la noche Teufelsbürst lo conducía a su alcoba. Ni una sola vez le permitió ir allí solo, y ni una sola vez lo dejó allí sin cerrar y echar el cerrojo a la puerta desde fuera. Pero él no sentía otra cosa que la frialdad de Lilith.
Día tras día ella posaba para su padre, con toda la variedad de indumentarias que mejor pudieran mostrar la variedad de su belleza.
Cuán mayor pudiera ser esa belleza, de haber llegado a florecer en una belleza del alma, Wolkenlicht nunca lo imaginó; pues pronto la amó lo suficiente como para atribuirle todas las posibilidades de su rostro como posesiones reales de su ser.
Para dar cuenta de todo lo que parecía contradecir esta perfección, su cerebro era prolífico en invenciones; hasta que se vio obligado por fin a ver que ella se hallaba en la condición de un capullo de rosa que, a punto de abrirse, hubiera quedado yermado en capullo inmutable por el frío de una escarcha prematura.
Pues un día, después de que el padre y la hija se hubieran acostumbrado un poco más a su silenciosa presencia, se inició entre ellos una conversación que prosiguió hasta que él vio que Teufelsbürst no creía en nada excepto en su arte.
Cuánto de su sentimiento hacia aquello podía dignificarse con el nombre de creencia, dado que los objetos del mismo eran tales cuales eran, podría haberse puesto en duda. A Wolkenlicht le pareció que se reducía tan solo a esto: que, en medio de mil desagrados, era cosa grata reproducir sobre el lienzo las formas que contemplaba a su alrededor, modificándolas para expresar los sentimientos predominantes de su propia mente.