—¡Vaya! —dijo al fin, envainando su espada con dificultad, pues era muy larga—; ¡te lo agradezco, jovencito tonto! ¿Quieres una copa de
—No, gracias —respondió el príncipe.
—Muy bien —dijo el rey—. ¿Te gustaría ir corriendo a ver a tus padres antes de hacer tu experimento?
—No, gracias —dijo el príncipe.
—Entonces iremos a buscar el agujero en seguida —dijo su majestad, y procedió a llamar a unos asistentes.
—Deténgase, por favor, majestad; tengo una condición que poner —interpuso el príncipe.
—¡Cómo! —exclamó el rey—, ¡una condición! ¡Y conmigo! ¿Cómo te atreves?
—Como gustéis —respondió el príncipe con frialdad—. Deseo a vuestra majestad muy