Caminó por el jardín hasta llegar al río. Al no poder avanzar más —pues temía un poco, y con razón, a la rápida serpiente de agua—, se dejó caer sobre la orilla de hierba, metió los pies en el agua y sintió cómo corría y empujaba contra ellos. Durante mucho tiempo se quedó sentada así, y su dicha parecía completa, mientras contemplaba el río y observaba la imagen rota de la gran lámpara allá arriba, que se movía por un lado del techo para bajar por el otro.
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XII
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