Se metió en el agua, y tiró y tiró con todas sus fuerzas, hasta que por fin sacó una pierna. La otra la siguió con facilidad. Cómo logró subirlo a la barca jamás supo decirlo; pero cuando lo hizo, se desmayó. Al volver en sí, empuñó los remos, se mantuvo firme como pudo y remó y remó, aunque nunca antes había remado. Entre rocas, sobre bajíos y a través del fango remó, hasta llegar a las escaleras del desembarcadero del palacio. Para entonces su gente estaba en la orilla, pues habían oído su grito. Hizo que llevaran al príncipe a su propia habitación, que lo recostaran en su cama, que encendieran un fuego y que mandaran a buscar a los médicos.
—¡Pero el lago, alteza! —dijo el chambelán, quien, despertado por el ruido, entró con su gorro de dormir.
—¡Vete a ahogar en él! —dijo ella.
Esta fue la última descortesía de la que la princesa volvió a ser culpable; y hay que reconocer que tenía buenos motivos para sentirse irritada con el señor chambelán.
De haber sido el rey en persona, no le habría ido mejor. Pero tanto él como la reina estaban profundamente dormidos. Y el chambelán volvió a su cama.
Por alguna razón, los médicos nunca llegaron. Así que la princesa y su vieja nodriza se quedaron con el príncipe. Pero la vieja nodriza era una mujer sensata y sabía qué hacer.
Lo intentaron todo durante mucho tiempo sin éxito. La princesa estaba casi desquiciada entre la esperanza y el temor, pero probó una y otra vez, una cosa tras otra, y todo una y otra vez.