de todos los colores que el alma de un pintor pudiera soñar; en cuya luz las Sombras se volvían más vivaces y fuertes que nunca, surcando los oscuros caminos con una velocidad casi cegadora. A la luz del diamante, también, algunas de sus formas se volvían más simples y humanas, mientras que otras parecían estallar en un absurdo aún más indomable. Una vez, al pasar por una cueva, el rey vio en realidad algunos de sus ojos—extraños ojos de sombra; nunca antes había visto ninguno de sus ojos. Pero en el mismo momento en que vio sus ojos, conoció también sus rostros, pues los volvieron por completo hacia él durante un instante; y las demás Sombras, al divisarlos, se encogieron y temblaron, y casi se desvanecieron. Eran rostros encantadores; pero el rey se quedó muy pensativo después de verlos, y siguió bastante turbado durante el resto del viaje. No lograba explicarse que aquellos rostros estuvieran allí, y que fueran además rostros de Sombras, con ojos vivos.
Pero pronto descubrió que entre las Sombras un hombre debe aprender a no sorprenderse nunca de nada; porque si no lo hace, pronto se volverá bastante estúpido, como consecuencia de la interminable recurrencia de sorpresas.
Al fin remontaron el lecho de un pequeño arroyo y luego, tras cruzar un estrecho desfiladero rocoso, salieron de repente a la ladera de una montaña que dominaba un lago azul y helado en el corazón mismo de unas colinas imponentes. Por encima, la aurora boreal temblaba y destellaba como la batalla de diez mil lanzas. Por debajo, sus rayos se deslizaban tenuemente sobre el hielo azul y las laderas de las montañas cubiertas de nieve, cuyas cumbres se alzaban como enormes carámbanos por doquier, con alguna que otra estrella brillando en la punta misma de una de ellas.