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nydus/Short FictionPublic
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Una parábola

Las luces fueron barridas; y las grandes estancias, ahora oscuras por dentro, se oscurecieron aún más a causa de los deslumbrantes destellos de fuego provenientes de la bóveda de negrura que se extendía en lo alto. Aquellos que se aventuraron a mirar por las ventanas vieron, en el azulado brillo de los veloces relámpagos que se sucedían, el lago al pie del peñasco, habitualmente tan quieto y tan oscuro, iluminado, no solo en la superficie, sino hasta la mitad de su profundidad; de modo que, al agitarse en el viento, como un mar torturado de llamas retorcidas, o de serpientes de bronce incandescentes y semiderretidas, no sabían si una fuerte fosforescencia emanaba del cuerpo transparente de las aguas, como si la tierra y el cielo relampaguearan juntos, una fuente unánime de expresión llameante.

Triste era la condición de la masa plástica y tardía de forma viviente que había tomado forma por la voluntad y la ley de la música. Fragmentados en individuos, retirado el espíritu común que los transfundía, se quedaron empapados, fríos y entumecidos, con las ropas adheridas al cuerpo; la luz, el orden, la armonía, el propósito habían desaparecido, y el caos quedaba restablecido; las emanaciones de la vida devueltas a sus fuentes, frías y muertas. Y en cada corazón reinaba la más falsa de las convicciones desesperadas: que aquello era la única realidad, y que lo otro no había sido más que un sueño. La hermana mayor se quedó con las manos entrelazadas y la cabeza gacha, temblorosa y sin habla, como si esperara a que algo sucediera. Y no esperó mucho. Un relámpago terrible y un trueno hicieron temblor el castillo; y en el silencio que siguió, su agudo sentido oyó el traqueteo de una cadena a lo lejos, en lo más profundo; y pronto llegó a su oído el sonido de pesadas pisadas, acompañadas del tintineo del hierro. Sintió que su hermano estaba cerca.

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