Al principio miró con cierto terror su aspecto grotesco, y con mucha extrañeza su singular indumentaria. Este asombro se vio acrecentado por una conversación que oyó un día en la calle, entre el tonto y un muchachito de cara pálida que, acercándose a él respetuosamente, le dijo: «¡Weel, cornel!». «¡Weel, laddie!», fue la respuesta. «¿Fat dis the wow say, cornel?». «¡Come hame, come hame!», respondió el coronel, cargando tanto el acento como la entonación en la palabra hame. Qué podía ser el wow, no tenía la menor idea; solo que, a medida que pasaban los años, aquella extraña palabra quedó en su mente indescriptiblemente asociada a la extraña figura de tela amarilla en sus mangas. De haber sido natural del pueblo, no habría dejado de conocer su significado, tan familiar era para todos, aunque no pertenecía al vocabulario local; pero, tal como estaban las cosas, pasaron los años antes de que descubriera su significado. Y cuando, una y otra vez, el tonto, tratando de expresar su gratitud por alguna bondad que ella le había mostrado, murmuraba entre dientes las palabras: «“El wow de Rivven, el wow de Rivven”», volvía el asombro sobre qué idea podría estar asociada a ellas en su mente, pero no avanzaba nada hacia su explicación.
Aquello, sin embargo, que más la atraía hacia el viejo era su persecución por parte de los niños. Eran para él lo que el bulldog era para ella: la fuente constante de irritación y molestia. Apenas podían hacerle daño, ni parecía temer de ellos otra injuria que el insulto, al cual, por tonto que fuera, era sumamente sensible. ¡Tábanos humanos que eran! A veces lo picaban hasta la saciedad, y él los maldecía en la impotencia de su cólera. Una o dos veces Elsie se habí visto tan arrastrada más allá de su timidez