—Cuando trajeron el budín de ciruelas ardiendo, armamos una auténtica fiesta de sombras a su alrededor, bailando y haciendo bufonadas entre las llamas azules, como demonios enloquecidos. ¡Y cómo gritaban los niños de alegría!
“El viejo caballero, que era muy aficionado a los niños, soltó una carcajada de lo más cordial, cuando se oyó un fuerte golpe en la puerta del vestíbulo. La hermosa doncella se sobresaltó, se puso más pálida y luego roja como el fuego de Navidad. Lo vi y crucé mis manos frente a su rostro. Se alegró mucho, y sé que dijo en su interior: «¡Qué amable Sombra!», lo cual me recompensó con creces. Luego seguí a los demás al vestíbulo y encontré allí a un marino alegre, apuesto y de rostro bronceado, evidentemente un hijo de la casa. El anciano lo recibió con lágrimas en los ojos, y los niños con gritos de alegría. La doncella escapó en medio de la confusión, justó a tiempo para evitar desmayarse. Nos agolpamos alrededor de la lámpara para ocultar su retirada y casi la apagamos; y el mayordomo no logró avivarla antes de que ella hubiera vuelto a deslizarse en su lugar, aliviada de encontrar la estancia tan oscura. Solo el marino la había visto irse, y ahora se sentó a su lado y, sin decir palabra, le tomó la mano en la penumbra. Cuando todos nos dispersamos hacia las paredes y los rincones, y la lámpara volvió a encenderse con fuerza, él le soltó la mano.
“Durante el resto de la cena, el viejo los observó a ambos, vio que había algo entre ellos y se enfadó mucho. Pues era un hombre importante según su propia estimación, y jamás le habían consultado. El caso era que ni ellos mismos habían tenido claras sus intenciones hasta que el marinero se había marchado en su último viaje, y solo en ese momento se habían dado cuenta de que se amaban.—Todo esto lo descubrimos observándolos, y luego hablando del asunto entre nosotros después.—El viejo caballero vio también que su favorita, que tanto le debía por amarla tanto, amaba a su hijo más que a él; y se puso tan celoso