Mr. Greatorex había dejado de mirar la llegada de la Navidad con mucho interés. Dotado por naturaleza de una fuerte inclinación religiosa, había adoptado, desde su primer matrimonio, no la negación, sino la postura de la objeción, gastando mucha energía en el desprecio por las opiniones ajenas, una autocomplacencia que hace mucho menos que nada para favorecer el crecimiento del propio espíritu en la verdad y la justicia. La única persona que resulta disculpada —no digo justificada— al obrar así es aquel que, habiendo recibido las mismas enseñanzas, las ha hallado una legión de adversarios que le bloquean el camino hacia la verdad. Mas una vez que se ha deshecho de ellas por sí mismo, sospecho que resulta peor que inútil volver a atacarlas, salvo como aliado de quienes se abren paso luchando a través de las mismas filas hacia la verdad. Greatorex había estado consintiendo a su intelecto a expensas de su corazón. Un hombre puede tener luz en el cerebro y oscuridad en el corazón. Más valdría ser un búho que un aptero de ojos penetrantes. Se encontraba en el sendero que conduce naturalmente a la ceguera y a la incredulidad. Me imagino que, de no haber descuidado a su hijo, este le habría vuelto a encender las velas de Navidad antes de este momento; pero ahora su segunda decepción con el matrimonio había embotado de tal modo su corazón que había empezado a considerar la vida como un asunto estúpido, en el cual el necio más envidiable era el hombre que aún podía esperar realizar un ideal. Había emprendido un rumbo totalmente falso, pero aún no había descubierto que en su error había actuado un elemento inmoral.
¿Pues qué derecho tenía él a desear la hechura de mujer alguna según sus ideas? ¿No contemplaba acaso el ángel de su Ideal eterno el rostro de su Padre en los cielos?