Entre los jóvenes reunidos en la Universidad de Praga, en el año 159‒, había uno llamado Karl von Wolkenlicht.
Estudiante más bien descuidado, gozaba sin embargo de una respetable posición en la estima tanto de los profesores como de sus compañeros, pues apenas necesitaba mirar una proposición para comprenderla. Sin embargo, cuando dicha proposición tenía que ver con algo relacionado con las percepciones más profundas de la naturaleza, se contentaba con que siguiera siendo para él una simple proposición; la cual, no obstante, guardaba en uno de sus casilleros mentales, listo para reproducirla al menor aviso.
A esta agilidad mental le superaba con creces la correspondiente excelencia corporal, y ambas contribuían a producir resultados en los que su notable fuerza se hacía igualmente patente. En todos los juegos que dependían de la combinación de músculo y destreza, apenas tenía rivales suficientes para mantenerse en forma.
Su fuerza, sin embargo, se encarnaba en una silueta muscular tan suave, en un estilo de belleza tan raramente helénico, y estaba asociada a una gentileza de modales y comportamiento tal que, en parte por la verdad del parecido y en parte por lo absurdo del contraste, era conocido en toda la universidad por el diminutivo de la forma femenina de su nombre, y siempre le llamaban Lottchen.
—Dime, Lottchen —dijo uno de sus compañeros de estudios, llamado Richter, de un extremo a otro de la mesa en una bodega a la que solían frecuentar—, a que no sabes a quién dice el bueno de Heinrich Höllenrachen que vio esta mañana con sus propios ojos: ¿a quién crees? A Lilith.