Los ojos de tres, dos hermanas y un hermano, contemplaron por última vez una gran estrella de un pálido color dorado que seguía al sol por el empinado occidente. Se ponía para volver a alzarse; y el hermano que estaba a punto de partir podría regresar, pero sobre su futuro pendía una incertidumbre mayor que la habitual. Pues entre los blancos vestidos de las hermanas brillaban su casaca escarlata y su dragonario dorado, que se había puesto por primera vez más para complacer el orgullo de ellas que por vanidad propia. La luna cada vez más luminosa, como si fuera profética de un recuerdo futuro, ya había empezado a apagar el escarlata y el oro, confiriéndoles un matiz pálido y fantasmal. A su luz pensativa, todo el grupo parecía más bien un encuentro en la tierra de las sombras que una despedida en la tierra firme y real. Pero ¿cuál debe llamarse la tierra de las realidades?: ¿la región donde las apariencias, el espacio y el tiempo se interponen y detienen las corrientes caudalosas del discurso del alma? ¿O aquella región donde el corazón se encuentra con el corazón, la apariencia se ha convertido en esclava de la expresión, y el espacio y el tiempo se olvidan?
A través del aire silencioso llegó el rumor lejano del agua y el grito cercano del rey de codornices.
De vez en cuando, un viento gélido soplaba ignorado entre las hojas sobresaltadas y apiñadas que daban sombra al asiento de hiedra.
Por lo demás, reinaba una calma en todas partes, vuelta aún más profunda e intensa por la sombría tristeza que llenaba sus corazones. Pues, muy lejos, a cientos de millas del alcance de sus oídos, rugían los grandes cañones de la guerra; la semana próxima su hermano debía zarpar con su regimiento para unirse al ejército; y mañana tendría que marchar de su hogar.