El herrero trasgo
Colin apenas pudo discernir algo que sugería un sendero, el cual siguió hasta que se ocultó el sol.
Vio entonces una luz tenue ante sí y, sin quitarle los ojos de encima, llegó por fin a una herrería donde, al asomarse por la puerta abierta, vio a un enorme herrero jorobado que trabajaba con un martillo delantero en cada mano.
Él sonrió desde la mitad de su pecho cuando vio a Colin, y dijo:
«Pasen; pasen, mis chiquillos se alegrarán de tenerlos».
Era una criatura de aspecto espantoso, con un gran labio leporino y una nariz como una bola roja. Hiciera lo que hiciese —hablar, reír o estornudar—, no dejaba de trabajar ni un solo instante. Tan a menudo como las chispas le volaban a la cara, las chasqueaba con los ojos (que eran del color de un carbón medio apagado), ora con este, ora con aquel; y cuantas más chispas se le metían dentro, más brillantes se volvían sus ojos. En cuanto Colin entró, sacó una enorme barra de hierro de la fragua y empezó a golpearla de tal modo con sus dos martillos delanteros que desapareció en una nube de chispas, y Colin tuvo que cerrar los ojos y darse por satisfecho con escapar con unas cuantas quemaduras en la cara y las manos. Cuando hubo batido el hierro hasta que estuvo casi negro, el herrero lo metió en el fuego de nuevo y gritó un centenar de nombres extraños:
“Aquí Gob, Shag, Latchit, Licker, Freestone, Greywhackit, Mousetrap, Potatoe-pot, Blob, Blotch, Blunker—”