—Oiga usted, muchacho, tome ese martillo. Este no es un lugar seguro para los ociosos. Si no trabaja, lo harán picadillo en un abrir y cerrar de
En el mismo instante sopló un viento desde la chimenea que avivó todo el fuego hacia la mitad de la herrería. El herrero saltó de un brinco sobre la fragua y desapareció de la vista. Al momento regresó con uno de los trasgos bajo el brazo, que pataleaba y chillaba, le colocó la fea cabeza sobre el yunque, donde lo sujetó del cuello, y le propinó un gran golpe con el martillo por encima de la oreja. El martillo rebotó, el trasgo dio un grito y el herrero lo arrojó a la chimenea, diciendo:
“Esa es la única manera de servirle. Supongo que tendrás más cuidado por un tiempo, Mocoso”.
Y a continuación tomó su otro martillo y se puso a trabajar de nuevo, diciéndole a Colin,
—Ahora, joven, mientras des un golpe con tu martillo por cada uno de los míos, estarás completamente a salvo; pero si te detienes, o pierdes el compás, no responderé ante la vieja del huso de las consecuencias.
Colin cogió el martillo y se esforzó al máximo. Pero pronto descubrió que nunca había sabido lo que era trabajar.
El herrero manejaba un martillo en cada mano, y a Colin le costaba lo indecible mover su pequeño martillo con las dos manos; de modo que resultaba un esfuerzo terrible dar golpe por golpe a la par que el herrero.
Una vez, al perder el compás, el martillo pesado del herrero cayó sobre la cabeza del suyo, lo aplastó contra el yunque y arrojó el mango al otro extremo de la fragua, donde golpeó la pared como el estampido de un cañón.