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nydus/Short FictionPublic
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Las espadas rotas

acortándose gradualmente la distancia entre ellos.

No muchos pasos más arriba, había una parte más estrecha de la subida, donde el sendero estaba limitado por grandes piedras o pedazos de roca.

Aquí había estado la defensa principal en el asalto precedente, y en ella yacían muchos cuerpos de sus amigos. Hacia allí fue y tomó su posición.

Avanzó la niña sobre los muertos, con las manos rígidas y los pies voladores, la piel exangüe tensa sobre sus facciones, y los ojos desmesuradamente grandes y desalmados. No lo vio, aunque pasó tan cerca saltando que su cabello le azotó los ojos.

«¡No importa! —dijo él—, pronto nos encontraremos».

Y dio un paso hacia el estrecho sendero justo a tiempo para hacer frente a sus perseguidores, entre ella y ellos. Como el relámpago rojo cayó la espada sangrienta, y un hombre bajo ella. ¡Clinc! ¡clanc!, resonaron los ecos en las rocas, y otro hombre cayó; pues, en su arrebato, era un ángel exterminador para los jadeantes perseguidores.

Su estatura creció, su pecho se dilató; y al caer muerto el tercer enemigo, la niña estaba a salvo; pues su cuerpo yacía como un templo roto, vacío, pero no profanado, al pie de la roca. En ese instante su espada saltó hechaañicos de su mano. Al segundo siguiente cayó, atravesado el corazón; y su espíritu se alzó triunfante, libre, fuerte y sereno, por encima del mundo tempestuoso que al fin yacía vencido bajo él.

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