En aquel momento se había producido un cambio. La luna había dado la vuelta y la enfocaba desde el oeste, y ella vio que su rostro había cambiado, que se había vuelto pálido, como si ella también estuviera demacrada por el miedo, y desde su altísimo sitial divisara un terror inminente. La luz parecía estar disolviéndose en ella; ¡se estaba muriendo, se estaba apagando! Y, sin embargo, todo a su alrededor se veía extrañamente nítido, más nítido que cualquier otra cosa que hubiera visto antes: ¿cómo podía la lámpara arrojar más luz cuando ella misma tenía menos? ¡Ah, eso era precisamente! ¡Mira qué desvaída se veía! ¡Era porque la luz la estaba abandonando y se extendía por la habitación que se volvía tan delgada y pálida! ¡Lo estaba entregando todo! Se estaba desvaneciendo desde el techo como un terrón de azúcar en el agua.
Nycteris iba tomando rápido miedo, y buscó refugio con el rostro sobre su regazo. ¡Qué hermosa era la criatura!—qué nombre darle no alcanzaba a pensar, pues se había enojado cuando la llamó como Watho la llamaba a ella. Y, ¡cosa de maravilla en maravilla! ahora, aun en el frío cambio que ocurría en la gran habitación, el color de una rosa roja subía por la pálida mejilla. ¡Qué hermoso cabello amarillo era el que se extendía sobre su regazo! ¡Qué enormes y profundas respiraciones tomaba la criatura! ¿Y qué eran esas cosas curiosas que llevaba? Las había visto en sus paredes, estaba segura.
Así hablaba sola, mientras la lámpara se volvía cada vez más pálida, y todo seguía aclarándose aún más. ¿Qué podía significar? ¡La lámpara se estaba muriendo —apagándose hacia el otro lugar del que la criatura en su regazo le había hablado— para convertirse en un sol! Pero ¿por qué se aclaraban las cosas antes de que fuera todavía un sol? Ese era el quid de la cuestión. ¿Era el hecho de convertirse ella misma en un sol lo que lo provocaba? ¡Sí! ¡Sí! ¡Era la muerte que se acercaba! ¡Lo sabía, porque a ella también le estaba llegando! ¡Sentía que se acercaba!