escalera y habría subido hasta el dormitorio de Watho; mientras que ahora, tanteando directamente frente a sí, llegó a una puerta con pestillo que, tras mucho intentarlo, logró abrir, y se quedó de pie en un laberinto de perplejidad asombrada, reverencia y deleite. ¿Qué era aquello? ¿Estaba fuera de ella, o era algo que ocurría en su cabeza? Ante ella había un pasaje muy largo y muy estrecho, fragmentado de un modo que no alcanzaba a comprender, y que se extendía por encima y por todos lados hacia una altura, una anchura y una distancia infinitas, como si el espacio mismo brotara de un abrevadero. Era más luminoso de lo que jamás habían sido sus habitaciones, más luminoso que si seis lámparas de alabastro hubieran estado ardiendo en ellas. Había una gran cantidad de extrañas vetas y manchas a su alrededor, muy diferentes de las formas de sus paredes. Estaba en un sueño de agradable perplejidad, de deleitoso embeleso. No sabía si estaba sobre sus pies o flotando como la luciérnaga, impulsada por los latidos de una dicha interior. Pero aún sabía poco de su herencia. Inconscientemente dio un paso al frente desde el umbral, y la muchacha que había sido troglodita desde su mismo nacimiento se quedó de pie en la gloria arrebatadora de una noche sureña, iluminada por una luna perfecta —no la luna de nuestro clima norteño, sino una luna como plata incandescente en una hornaza, una luna de la que se percibía que era un globo, no lejana, un mero disco plano en la superficie del azul, sino suspendida a media altura y con el aspecto de que uno podría verla por completo con tan solo doblar el cuello.
—¡Es mi lámpara! —dijo, y se quedó muda con los labios entreabiertos. Miraba y sentía como si hubiera estado allí de pie, en silencioso éxtasis, desde el principio del mundo.
—No, no es mi lámpara —dijo al cabo de un momento—; es la madre de todas las lámparas.