El Atardecer
Sin saber nada de la oscuridad, ni de las estrellas, ni de la luna, Fotogén pasaba los días cazando. A lomos de un gran caballo blanco cruzaba las praderas cubiertas de hierba, regocijándose en el sol, luchando contra el viento y matando búfalos.
Una mañana, cuando casualmente se encontraba en el suelo un poco antes de lo habitual, y antes que sus asistentes, divisó un animal desconocido para él, que se deslizaba desde una hondonada a la que los rayos del sol aún no habían llegado.
Como una sombra veloz corrió sobre la hierba, escabulléndose hacia el sur rumbo al bosque. Él lo persiguió, advirtió el cuerpo de un búfalo que se había medio comido, y lo persiguió con mayor ahínco.
Pero con grandes saltos y brincos la criatura se adelantó cada vez más y más respecto a él, y desapareció. Volviéndose por tanto derrotado, se encontró con Fargu, que lo había estado siguiendo tan rápido como su caballo se lo permitía.
—¿Qué animal era ese, Fargu? —preguntó—. ¡Cómo corría!
Fargu respondió que podría ser un leopardo, pero por su paso y aspecto creía más bien que era un león joven.
—¡Qué cobarde debe de ser! —dijo Fotogén.
—No estés tan seguro de eso —replicó Fargu—. Es una de esas criaturas a las que el sol incomoda. En cuanto baje el sol, tendrá valor de sobra.