parecía mucho a un simio. Así que se avergonzó, giró el espejo con la cara hacia la pared y pensó un poco más en su gente y un poco menos en sí mismo. Me alegré mucho; porque, si le place a vuestra majestad” —y aquí el orador se volvió hacia el rey—, “no nos gustan las criaturas que viven en los espejos. Los llamáis fantasmas, ¿verdad?”.
Antes de que el rey pudiera responder, otro había comenzado. Pero la historia sobre el eclesiástico había hecho que el rey deseara escuchar uno de los sermones de sombra. Así que se volvió hacia una sombra alargada, que estaba predicando a una multitud muy silenciosa y atenta. Estaba justo concluyendo su sermón.
“Por tanto, queridas Sombras, es aún más necesario que nos amemos tanto como podamos, puesto que no es mucho. No tenemos tal excusa para no amar como los mortales, pues no morimos como ellos. Supongo que es el pensamiento de esa muerte lo que hace que se odien tanto. Y, además, dormimos todo el día, la mayoría de nosotros, y no por la noche, como hacen los hombres. Y sabéis que olvidamos todo lo que sucedió la noche anterior; por tanto, debemos amar bien, pues el amor es breve. ¡Ah!, querida Sombra, a quien amo ahora con toda mi alma sombría, no te amaré mañana por la tarde, no te conoceré; pasaré junto a ti en la multitud y ni por asomo soñaré que la Sombra que ahora amo está cerca de mí entonces. ¡Felices Sombras!, pues solo recordamos nuestros cuentos hasta que los hemos contado aquí, y luego se desvanecen en el cementerio de las sombras, donde solo enterramos a nuestros yoes muertos. ¡Ah!, hermanos, ¿quién querría ser un hombre y recordar? ¿Quién querría ser un hombre y llorar? En verdad debemos amarnos unos a otros, pues solo nosotros heredamos el olvido; solo nosotros nos renovamos con el nacimiento eterno; solo nosotros no cargamos con el peso acumulado de los años.