que pretendía matarlo y apenas se atrevía a tomar nada de lo que le traían. Ordenó que se cerrara el paso a todo rayo de luz en su habitación; pero gracias a esto él se acostumbró un poco a la oscuridad. Cogía una de sus flechas y, ya fuera le hacía cosquillas con el extremo de pluma, ya lo pinchaba con la punta hasta que la sangre brotaba. Qué pretendía al fin y al cabo no sabría decirlo, pero llevó a Fotogén rápidamente a tomar la determinación de huir del castillo: en qué haría entonces ya pensaría después. ¡Quién sabe si no encontraría a su madre en algún lugar más allá del bosque! Si no fuera por las amplias manchas de oscuridad que dividían un día del otro, ¡no temería nada!
Pero ahora, mientras yacía indefenso en la oscuridad, de vez en cuando surgía amaneciendo a través de ella el rostro de la encantadora criatura que en aquella primera y terrible noche lo había cuidado con tanta dulzura: ¿acaso no volvería a verla nunca más? Si ella era, como él había deducido, la ninfa del río, ¿por qué no había vuelto a aparecer? ¡Bien podría haberle enseñado a no temer a la noche, pues era evidente que ella misma no le tenía ningún miedo! Pero entonces, cuando llegó el día, pareció asustarse:—¿a qué se debía eso, ya que no había nada que temer entonces? ¡Quizás alguien tan habituado a la oscuridad tuviera un miedo proporcional a la luz! ¡Entonces, su egoísta alegría ante la salida del sol, que lo había cegado respecto a la condición de ella, lo había llevado a portarse con ella, en mala retribución por su bondad, tan cruelmente como Watho se portaba con él! ¡Qué dulce, querida y encantadora era! Si había fieras que solo salían de noche y le temían a la luz, ¿por qué no iba a haber también niñas hechas