De modo que sacó una botella del bolsillo, y después de haberse tomado una copa cada uno, dejó caer un tercio en salpicaduras por todo el yeso. Al ser vino rojo, produjo el efecto que deseaba Höllenrachen.
—Cuando vuelvan a visitarla, sabrán que el vampiro puede encontrar la comida que prefiere —dijo él.
En un rincón cerca del yeso, encontraron la ropa que Karl había llevado puesta.
—¡Hola! —dijo Heinrich—, vamos a sacarle partido a este hallazgo.
Así que se los llevó al estudio. Allí se hizo con el maniquí.
—¿Qué estás haciendo, Heinrich?
—Voy a hacer un espantapájaros para alejar a los cuervos de los cuadros del viejo Teufel —respondió Heinrich, mientras seguía vistiendo al maniquí con la ropa de Karl.
A continuación, sentó a la criatura ante un caballete con la espalda hacia la puerta, para que fuera lo primero que el pintor viera al entrar. Karl tenía la intención de quitar esto antes de irse, pues era demasiado cómico como para encajar con el resto de sus planes.
Pero los dos se sentaron a cenar y, para cuando terminaron el vino, les pareció que les apetecía irse a la cama. Así que se levantaron y se fueron a casa, y Karl se olvidó del maniquí, dejándolo en ajetreada inmovilidad toda la noche ante el caballete.
Cuando Teufelsbürst lo vio, se dio la vuelta y huyó con un grito que hizo acudir a su hija en su ayuda. Pasó junto a ella a toda velocidad, capaz tan solo de articular:
“¡El vampiro! ¡El vampiro! ¡Pintura!”