convención social contra la que se rebelaba firmemente, tanto más resueltamente cuanto que en ninguna de las amistades de su madre lograba tomar el menor interés; ya que ella era esencialmente una mujer vulgar aunque ambiciosa, sin una chispa de aspiración, y sus amigos eran de la misma laya, sin respeto por nada que no fuera —o, al menos, eso suponían— la moda. En verdad, costaba entender cómo Héctor había podido nacer de semejante mujer, aunque a decir verdad ella era de un origen celta tan puro como su esposo; solo que la sangre no es espíritu, y eso a menudo se manifiesta con claridad.
Su padre, por otra parte, no carecía de ciertos indicios de imaginación, aunque bastante poco desarrollada y, a mi juicio, reprimida por las exigencias de sus relaciones comerciales. Al mismo tiempo, Hector sabía que estebergaba no poca indignación contra la insolencia del buen doctor Johnson en lo tocante tanto a Ossian como a su humilde traductor, Macpherson, defendiendo la autenticidad de ambos, si bien era incapaz de comprender y exponer los puntos de la discusión de uno u otro lado.
En cuanto a Héctor, se deleitaba en las antiguas tradiciones de su familia, y no pocas veces en su juventud más temprana había intentado encarnar de nuevo algunas de sus leyendas en inglés, en vano en lo que respecta a la retención de la especial ligereza y sugerencia de su simbolismo vagamente manifiesto, pues a menudo solía soltar la pluma con un suspiro de desesperación ante la naturaleza elusiva del aroma especial de la imaginación celta. Por lo demás, había tenido una educación tan buena como Escocia podía ofrecerle en aquellos días, uno de cuyos mejores rasgos era el negativo de que no interfería en absoluto con el curso natural de sus tendencias innatas, y simplemente desarrollaba el poder de expresarse del modo que le pareciera más conveniente. Permítanme añadir que tenía una buena conciencia —quiero decir, una conciencia dispuesta a advertirle de la más mínima tendencia a traspasar