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nydus/Short FictionPublic
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XVII

—Le dará una insolación —dijo Watho—, y se acabará el problema.

Poco después, atormentado por una mosca, un búfalo de joroba enorme y gran melena lanuda llegó galopando, directo hacia el lugar donde ella yacía. Al ver aquella cosa sobre la hierba, dio un sobresalto, se desvió varios metros, se detuvo en seco y luego se acercó lentamente, con aspecto malicioso. Nycteris se quedó muy quieta, y ni siquiera vio al animal.

—¡Ahora morirá pisoteada! —dijo Watho—. Así es como se comportan esas criaturas.

Cuando el búfalo la alcanzó, la olfateó por todas partes y se alejó; luego regresó y volvió a olfatearla; y de repente se marchó a toda carrera como si tuviera un demonio agarrado a la cola.

A continuación vino un ñu, un animal todavía más peligroso, e hizo prácticamente lo mismo; luego, un jabalí flaco. Pero ninguna criatura la hirió, y Watho estaba enfadada con toda la creación.

A la postre, a la sombra de su cabello, los ojos azules de Nycteris empezaron a cobrar vida poco a poco, y lo primero que vieron fue un consuelo. Ya he contado cómo conocía las margaritas nocturnas, cada una un pequeño cono de punta afilada y extremo rojo; y cómo una vez había separado los rayos de una de ellas con dedos temblorosos, pues temía estar siendo terriblemente maleducada y tal vez lastimándola; pero es que deseaba, se decía a sí misma, ver qué secreto llevaba guardado con tanto esmero; y descubrió su corazón de oro. Pero ahora, justo ante sus ojos, dentro del velo de su cabello, en la dulce penumbra de cuya negrura podía verla a la perfección, se hallaba una margarita con su punta roja abierta de par en par en un anillo carmesí,

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