De este hecho, sin embargo, apenas tenía sospecha; pues hasta que la aspiración trae consigo la humildad, la gente suele estar bastante satisfecha consigo misma, sin hacerse idea de qué pobres criaturas son.
Vio en su espejo a una mujer superior, se consideraba a sí misma como una de las obras más finas de la creación. Lo peor era que, desde el principio, se había juzgado superior a su marido y, al casarse con él, había sentido no solo que estaba concediendo un favor —algo que cualquier esposo admitiría—, sino que se estaba rebajando a sí misma sin elevarlo a él.
Ahora bien, es verdad que era más agradable a la vista, que sus modales eran más dulces y sus nociones de lo decoroso mucho menos fáciles de satisfacer que los de él; asimismo, que era un poco menos deficiente que él en esa vaga reverencia por ciertas formas de las altas esferas. Pero no conozco nada en ella que determine su clasificación como de mayor valor que él, excepto, en verdad, que era en conjunto un tanto más honesta.
Ella leía novelas y él no; ella emitía juicios superficiales, mientras que él desdeñaba juzgar; leía toda la poesía mediocre que caía en sus manos y llenaba cuadernos copiándola; pero habría sido tan incapaz de apreciar el más insignificante de los poemas de Milton o de Shakespeare como de reírse ante una página en chino.
Le gustaba escuchar a este y aquel predicador popular, y cuando su marido calificaba sus sermones de farsa, los escuchaba con rostro escandalizado; pero ¿era ella mejor o peor que su marido cuando, admirándolos como los admiraba, permitía que no tuvieran mayor influencia en su conducta que si hubieran sido la más pura farsa jamás pronunciada por un demagogo ambicioso?