Ella no puede ser nuestra
Su atroz tía había privado a la niña de toda su seriedad. Si me preguntan cómo se logró esto, respondo: «De la manera más fácil del mundo. Le bastó con destruir la gravitación».
Pues la princesa era filósofa, y conocía los recovecos de las leyes de la gravedad tan bien como los recovecos de los cordones de sus botas. Y como era bruja además, podía derogar esas leyes en un momento; o al menos trabar sus ruedas y oxidar sus cojinetes de tal modo que dejaran de funcionar por completo.
Pero tenemos más que ver con lo que siguió que con cómo se hizo.
La primera torpeza que resultó de esta infeliz privación fue que, en el momento en que la niñera empezó a mecer al bebé de arriba abajo, este salió disparado de sus brazos hacia el techo.
Por suerte, la resistencia del aire puso fin a su trayectoria ascendente a un pie de distancia de este. Allí se quedó, tan horizontal como cuando había salido de los brazos de su niñera, pataleando y riendo muchísimo.
Aterrorizada, la niñera corrió hacia el timbre y le suplicó al lacayo que acudió a su llamado que trajera la escalera de mano de inmediato. Temblando en cada miembro, se subió a la escalera, y tuvo que pararse en lo más alto y estirarse bien antes de poder alcanzar el faldón flotante de la larga ropa del bebé.
Cuando se conoció el extraño hecho, se armó una terrible conmoción en el palacio. La ocasión en que el rey lo descubrió fue, naturalmente, una repetición de la experiencia de la nodriza.