Las horas de este día transcurrieron pesadamente. La tormenta se había ido, pero la lluvia se había quedado; la pasión se había marchitado, pero las lágrimas se habían quedado atrás.
Mate y oscuras, las bajas y neblinosas nubes se cernían sobre el castillo y el lago, y ocultaban todo el contorno. Incluso si hubieran subido a la torre más alta conocida, la habrían encontrado envuelta en un atuendo de vapor adherente, que no ofrecía ningún alivio a la vista, ni ninguna esperanza al corazón.
Había una alta torre que se alzaba verticalmente a cien pies por encima del resto, y desde la cual se habría podido ver la niebla yaciendo en una masa grisácea abajo; pero esa torre aún no la habían descubierto, ni tampoco otra muy cerca de ella, cuya cima jamás se vio, ni podía verse, pues las nubes más altas del cielo se racimaban continuamente a su alrededor.
Afuera la lluvia caía sin cesar, aunque no con fuerza; y adentro también había nubes de las que caían las lágrimas que son la lluvia del espíritu. Todo lo bueno de la vida parecía por entonces marchitado, y sus almas vivían solo como árboles deshojados que hubieran olvidado la alegría del verano, y a los cuales ningún viento profético de la primavera había visitado todavía. Se movían maquinalmente, y no les quedaban suficientes fuerzas ni para desear la muerte.
Al día siguiente las nubes estaban más altas, y un viento leve soplaba a través de aquellas troneras en las torres que las falsas mejoras de los moradores todavía no habían llenado de vidrio, excluyendo, al igual que la tormenta, las serenas visitas de los cielos. Durante todo el día, el hermano aprovechó diversas oportunidades para dirigir una suave orden, ora a uno ora a otro de su familia. Fue obedecida en silencio. El viento