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nydus/Short FictionPublic
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La flota de las hadas

por la válvula; tres de la empuñadura de cesta del alfanje en la pared; seis, totalmente blancos, del cajón de la harina; y así desde todos los rincones de la cabaña hasta la orilla del río. Y entre ellos, Colin divisó a la niñita que subía a hurtadillas a la barca de la reina, con el delantal en los ojos; y la reina le estaba a su vez levantando el puño con amenaza. En cinco minutos más, todos se habían precipitado en las barcas, y toda la flota se puso en marcha río abajo. En otro momento la cabaña se quedó vacía, y todo había vuelto a su tamaño habitual.

—¡Van a hacerse añicos contra las rocas! —gritó Colin, saltando y corriendo hacia el jardín.

Cuando llegó a la cascada, no se veía nada más que la rápida caída y el bramido del agua turbulenta a la luz de la luna. Le pareció oír gritos y exclamaciones que subían desde abajo, y creyó distinguir los sollozos de la pequeña doncella a quien tan tontamente había perdido. Pero los sonidos bien podían ser solo los del agua, pues a las diferentes voces de un arroyo no hay quien las entienda.

Siguió su curso todo el camino hasta su viejo cauce, pero no vio nada que indicara ningún desastre. Luego se arrastró de vuelta a su cama, donde se quedó pensando en lo tonto que había sido, hasta que se quedó dormido entre llantos por la pequeña que nunca llegaría a ser mujer.

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