que mostraba su corazón de oro sobre una bandeja de plata. Al principio no la reconoció como uno de aquellos conos despertados, pero un instante de atención le reveló lo que era. ¿Quién, entonces, había sido tan cruel con la hermosa criaturita como para forzarla a abrirse así y dejar su corazón al descubierto ante la terrible lámpara de la muerte? ¡Quienquiera que hubiera sido, tenía que ser el mismo que la había arrojado allí para que muriera quemada en su fuego! ¡Pero ella tenía su cabello, y podía inclinar la cabeza y hacerse una pequeña y dulce noche propia a su alrededor! Intentó doblar la margarita hacia abajo, apartándola del sol, y hacer que sus pétalos colgaran a su alrededor como su cabello, pero no pudo. ¡Ay! ¡Ya estaba quemada y muerta! No sabía que no podía ceder a su suave fuerza porque estaba bebiendo vida, con toda la avidez de la vida, de lo que ella llamaba la lámpara de la muerte. ¡Oh, cómo la quemaba la lámpara!
Pero ella siguió pensando—no sabía cómo—; y al rato comenzó a reflexionar que, como no había otro techo para la estancia que aquel en el que el gran fuego iba rodando, ¡la pequeña Punta Roja debía de haber visto la lámpara mil veces, y tenía que conocerla muy bien! ¡Y no la había matado! Es más, pensando aún más allá, empezó a plantearse la pregunta de si esto, en lo que ahora la veía, no podría ser su condición más perfecta. Pues no solo ahora el conjunto parecía perfecto, como de hecho ya parecía antes, sino que cada parte mostraba también su propia perfección individual, perfección que la hacía capaz de combinarse con el resto para formar la perfección superior de un todo. ¡La flor era una lámpara en sí misma! El corazón de oro era la luz, y el borde de plata era el globo de alabastro, hábilmente roto y abierto de par en par para dejar salir la gloria. Sí; ¡la forma radiante era claramente su perfección! Si, por lo tanto, era la lámpara la que la había abierto hasta adquirir esa forma, la lámpara no podía ser hostil a ella, sino que debía ser de su misma especie,