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nydus/Short FictionPublic
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Las Sombras

Pero al igual que las luces del norte en el cielo de arriba oscilaban, temblaban y se disparaban de aquí para allá, lo hacían las Sombras en la superficie del lago de abajo; ahora congregándose en grupos, ahora disgregándose con temblores; cubriendo un instante toda la superficie del lago y al siguiente condensándose en un nudo oscuro en el centro. Aquí y allá, sobre las montañas blancas, podían verse dos o tres disparándose hacia las cumbres para desvanecerse más allá de ellas, de modo que su número iba disminuyendo de forma gradual, aunque imperceptible.

—Por favor, majestad —dijeron las Sombras—, esta es nuestra iglesia: la Iglesia de las Sombras.

Y diciendo esto, la guardia de corps del rey depositó la litera sobre una roca y se precipitó entre la multitud de abajo. No tardaron en regresar, sin embargo, y llevaron al rey hasta la mitad del lago.

Todas las Sombras se agolparon a su alrededor, con respeto pero sin miedo; y es seguro que jamás se le reveló a ojos mortales una asamblea tan grotesca.

El rey había visto toda clase de gnomos, duendes y kóbolds en su coronación; pero eran figuras de lo más rectilíneas en comparación con la demencial anarquía de formas de la que se regocijaban las Sombras; y los más descabellados retoños de los primeros eran ordenadas danzas ceremoniales junto a las contorsiones de figura, aparentemente caprichosas y sin rumbo, y a las metamorfosis de forma en las que se indulgían las segundas.

Conservaban, no obstante, todo el tiempo y para sorpresa del rey, una identidad, cada una de su propio tipo, inexplicablemente perceptible a través de cada cambio. En verdad, esta conservación de la idea primaria de cada forma era más maravillosa que las desconcertantes y ridículas alteraciones a las que la forma misma se veía sometida a cada instante.

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