los de Falca—no tan grandes como los míos, me parece—, solo que nunca he visto los míos. Pero entonces—¡ah, sí!—, ¡ya sé qué pasa! No puedes ver con ellos porque son muy negros. La oscuridad no puede ver, por supuesto. No importa: seré tus ojos y te enseñaré a ver. Mira esto—estas preciosas cosas blancas en la hierba, con puntas rojas y afiladas, todas dobladas juntas en una sola. ¡Ay, las quiero tanto! ¡Podría pasarme el día entero mirándolas, las consentidas!
Photogen miró de cerca las flores y pensó que había visto algo parecido antes, pero no logró reconocerlas. Así como Nycteris jamás había visto una margarita abierta, él jamás había visto una cerrada.
Así instintivamente Nycteris intentó apartarlo de su miedo; y las extrañas y encantadoras palabras de la hermosa criatura ayudaron no poco a hacérselo olvidar.
“¡Y tú lo llamas oscuro!”, volvió a decir, como si no pudiera quitarse de la cabeza lo absurdo de la idea; “¡pues bien, podría contar hasta el último tallo del pelo verde —supongo que es lo que los libros llaman hierba— en un radio de dos varas a mi alrededor! ¡Y mira nada más la gran lámpara! Hoy brilla más de lo habitual, y no entiendo por qué habrías de asustarte o llamarlo oscuro”.
Mientras hablaba, seguía acariciándole las mejillas y el cabello, y tratando de consolarlo. ¡Pero oh, qué desdichado era! ¡Y qué claramente se le notaba! Estuvo a punto de decir que su gran lámpara era espantosa para él, pareciendo una bruja que caminaba en el sueño de la muerte; pero no era tan ignorante como Nycteris, y sabía, aun a la luz de la luna, que ella era una mujer, aunque nunca antes hubiera visto una tan joven o tan hermosa; y