Cuando hubieron terminado, y Lilith, a pesar de todas sus súplicas, no quiso quedarse con él ni un momento más, Karl tomó su ropa anterior y, tras pasar el resto de la noche en su antigua habitación, se vistió con ella por la mañana. Cuando Teufelsbürst entró en su estudio al día siguiente, allí estaba Karl, como si nada hubiera ocurrido, dando los últimos toques al dibujo en el que había estado trabajando cuando le sobrevino el ataque de desmayo. El pintor dio un sobresaltó, se quedó mirándolo fijamente, se frotó los ojos, pensó que era otra ilusión espectral y estuvo a punto de ceder al pánico, cuando Karl se levantó y se acercó a él con una sonrisa. El rostro sano y radiante de Karl, fuera fantasma o duende, no pudo por menos que surtir un efecto algo tranquilizador en Teufelsbürst. Le tomó la mano que le ofrecía de manera mecánica, con el semblante completamente vacío por un estupor idiótico. Karl dijo:
“No me encontraba bien, y pensé que era mejor hacerle una visita a un amigo durante unos días; pero pronto recuperaré el tiempo perdido, pues ya estoy bien”.
Se sentó de inmediato, sin hacer caso del comportamiento de su amo, y continuó con su dibujo. Teufelsbürst se quedó mirándolo fijamente durante unos minutos sin moverse, luego dio media vuelta de repente y salió de la habitación. Karl lo oyó bajar apresuradamente las escaleras del sótano. Al cabo de unos momentos volvió a subir. Karl le echó una furtiva ojeada. Ahí estaba en el mismo sitio, sin duda más desconcertado que nunca, pero no era posible que su rostro expresara más. Por fin se acercó a su caballete y se sentó con un suspiro prolongado, como de alivio. Pero aunque se sentó ante el caballete, no pintó nada en