brillo maligno en sus ojos mientras hablaba; y Lilith creyó que solo estaba haciendo un experimento con los nervios de Karl. Él insistió en que jamás había visto huellas de esa clase antes. Karl le informó de sus vivencias durante la noche; ante lo cual Teufelsbürst se mostró un poco más serio todavía, y procedió a contarles que la tormenta, cuya nieve aún cubría el suelo, se había levantado en el mismo instante en que murió su vecino de al lado, y había cesado con la misma súbitud en el momento en que fue enterrado, a pesar de haber bramado con furia durante todo el tiempo del funeral, de modo que «hacía temblar el cuerpo de los hombres y castañetear los dientes en sus cabezas». Karl se había enterado de que el hombre, cuyo nombre era John Kuntz, había muerto y sido sepultado. Sabía que había sido un concejal de la ciudad muy rico y, por ende, de lo más respetable; que le apasionaban los caballos; y que había fallecido a consecuencia de una coz recibida de uno de los suyos mientras le examinaba una pezuña. Pero no sabía que, justo antes de morir, un gato negro «abrió la ventana con las uñas, corrió hacia su lecho y arañó violentamente su rostro y el travesaño, como si se esforzara por sacarlo a la fuerza del lugar donde yacía. Mas el gato se desvaneció de pronto poco después, y no bien hubo desaparecido, exhaló su último suspiro».
Así habló Teufelsbürst, como cronista de los chismes del pueblo. Lilith se veía muy pálida y aterrorizada; y tal vez se debió a esto que el pintor no llevara más cuentos a casa. Había de sobra para llevar, pero él los escuchaba todos y no decía nada. El caso era que el propio filósofo no pudo resistir el contagio del miedo que literalmente est ۱۳ arrasando la ciudad; y tal vez los rumores de que él mismo se había vendido al diablo tuvieran suficiente eco en su propia mala conciencia como para sumar la influencia de la epidemia sobre él. Todo el lugar estaba infestado por la presencia del difunto Kuntz, hasta el punto de que apenas un hombre o