pasadizo oscuro y estrecho. También cerró esta con llave tras de sí y bajó unos pocos escalones más. Si alguien hubiera seguido a la princesa bruja, le habría oído abrir exactamente cien puertas y descender unos pocos escalones tras abrir cada una. Cuando hubo abierto la última, entró en una vasta cueva, cuyo techo estaba sostenido por enormes pilares naturales de roca. Pues bien, este techo era la parte inferior del fondo del lago.
Luego desenredó la serpiente de su cuerpo y la sostuvo por la cola muy alto sobre ella. La odiosa criatura estiró la cabeza hacia el techo de la caverna, que apenas pudo alcanzar. Entonces comenzó a mover la cabeza de atrás hacia adelante, con un lento movimiento oscilante, como si buscara algo.
En el mismo momento, la bruja comenzó a dar vueltas y vueltas alrededor de la caverna, acercándose más al centro en cada circuito; mientras la cabeza de la serpiente describía el mismo recorrido por el techo que ella hacía por el suelo, pues la mantenía en alto. Y aún seguía oscilando lentamente.
Vuelta tras vuelta recorrieron la caverna, achicando cada vez más el circuito, hasta que por fin la serpiente dio un repentino zarpazo y se aferró al techo con la boca.
—¡Así se hace, belleza mía! —gritó la princesa—; apúralo hasta la última gota.
Ella lo soltó, lo dejó colgando y se sentó sobre una gran piedra, con su gato negro, que la había seguido por toda la cueva, a su lado. Entonces comenzó a tejer y a mascullar palabras terribles. La serpiente pendía como una enorme sanguijuela, succionando la piedra; el gato se