Él sonrió con una mezcla tan evidente de compasión y desprecio que por un momento casi le tomé tirria; y sintiendo la certeza de que Laetitia recibiría cualquier sugerencia de ese tipo de una manera más o menos similar, no me sentí con ánimos de ofrecerle ningún consejo en lo que respecta al escritorio.
“Poco ocurrió durante el resto de mi visita que fuera digno de mención.
De un modo u otro, no avancé mucho con Laetitia. Creo que había empezado a comprender un poco su carácter y, por lo tanto, no me enamoré más a medida que pasaban los días. Sé que me volví menos absorto en su compañía, aunque todavía estaba ansioso por mostrarme agradable con ella —o tal vez, más propiamente, por dejarle una impresión favorable de mí.
No sé si ella percibió alguna diferencia en mi comportamiento, pero recuerdo que comencé a notar de nuevo el aspecto pinzado de su nariz, y a molestarme un poco con ella por apartar siempre mi libro. Al mismo tiempo, me atrevo a decir que yo resultaba irritante, pues nunca he sido dado al orden.
Por fin llegó el día de Navidad. Después de desayunar, el hacendado, James y las dos muchachas se dispusieron a ir a la iglesia a pie. Laetitia no estaba en la sala en ese momento. Me disculpé aduciendo dolor de cabeza, pues había pasado una mala noche. Cuando se fueron, subí a mi habitación, me tumbé en la cama y pronto me quedé profundamente dormido.
No sé cuánto tiempo dormí, pero volví a despertarme con esa indescriptible y a la vez bien conocida sensación de no estar solo. La sensación era apenas menos terrible a la luz del día de lo que había sido en la oscuridad. Con el mismo esfuerzo repentino que antes, me incorporé en la cama.