¡Sus gordos amigos no le permitirían degradarse ganándose el pan con un trabajo que habría podido hacer muy bien; preferían que se muriera de hambre! Postuló para muchos puestos, uno tras otro. Cada vez más pesada cayó sobre él cada decepción sucesiva.
Annie había llevado en el corazón una gran decepción al ver que no se vislumbraba la perspectiva de un hijo que santificara su unión; pero de eso había aprendido más que a consolarse con la reflexión de que al menos no había tal visitante celestial para cuya estancia terrenal hubiera que proveer; ¡y ahora, con qué alegría habría trabajado por el niño con la esperanza de que semejante alegría y compañía pudieran levantarlo de su abatimiento!
Entonces él sería capaz de disfrutar y asimilar la pobre comida que ella lograba conseguirle. Es verdad que él siempre parecía bastante contento; pero, aun así, a menudo ella creía que él fingía no tener hambre, y sin duda comía cada vez menos.
Hasta entonces había luchado con todas sus fuerzas contra la tentación de endeudarse con los comerciantes, pues, más que cualquier otra cosa, temía a las deudas. Ahora, al fin, sin embargo, su resolución corría el peligro de venirse abajo cuando, por fortuna, a Héctor se le ocurrió pensar en sus preciosos libros; ¿qué mejor uso podía darles que venderlos para comprar comida —en lo cual los libros que había escrito le habían fallado—? Lote a lote, sujetos con una correa de cuero, los llevó al librero de viejo más cercano, donde tantas veces había comprado; ahora quería vender, pero, desgraciadamente, pronto descubrió que los libros, como tantas otras cosas, valen mucho menos para el vendedor que para el comprador, y donde Héctor había calculado libras, solo se obtuvieron chelines.