Antes de que la mirada del rey pudiera buscar de nuevo la tierra tras contemplar el primer fulgor de la resurrección de la luna, habían desaparecido; y la superficie del lago brillaba con oro y azul bajo la pálida luz lunar.
Allí yacía el rey, solo en medio del lago helado, con la luna mirándolo fijamente. Pero al fin oyó desde alguna parte una voz que conocía.
—¿Quieres otra taza de té, cariño? —dijo la señora Rinkelmann.
Y Ralph, volviendo lentamente en sí, descubrió que estaba acostado en su propia cama.
—Sí, quiero —respondió—; y un trozo de pan tostado bastante grande, por favor; pues he hecho un largo viaje desde la última vez que te vi.
—Todavía no ha vuelto en sí del todo —dijo la señora Rinkelmann, para sus adentros.
—Te sorprendería bastante —continuó Ralph—, si te dijera dónde he estado.
—Me atrevo a decir que sí —respondió su esposa.
—Entonces yo te lo diré —replicó Ralph.
Pero en ese momento, una gran Sombra saltó del fuego de un solo gran salto y cubrió toda la habitación.
Luego se instaló en un rincón, y Ralph vio que le amenazaba con el puño desde el extremo de un brazo absurdo. Así que captó la indirecta y guardó silencio.
Y menos mal que lo hizo. Pues yo también sé algo sobre las Sombras; y sé que si le hubiera contado todo a su mujer justo en ese momento, no lo habrían mandado llamar a la noche siguiente.