Annie y él llegaron a conocerse y amarse, teniendo especial cuidado en ocultar hasta volverlo informe, o al menos desprovisto de rasgos, el papel que su madre había desempeñado en su historia. Presistiéndole a Héctor que esto era posible, cobró ánimo y se puso a ello de inmediato, entusiasmándose a medida que avanzaba y escribiendo cada vez más rápido conforme crecía su esperanza de éxito. Al mismo tiempo, no favorecía al resultado el que sintiera constantemente a sus espaldas la oscura y amenazante necesidad que, si bien lo empujaba, debilitaba a la vez cada movimiento del espíritu creador.
Le costó mucho tiempo poner la historia en condiciones que se atreviera a considerar siquiera pasables; y cuanto más tardaba, menor era el deleite que el verso le habría aportado en el proceso de su creación.
A pesar de ello, de vez en cuando tropezaba con algún pasaje de la escritura en el que la antigua emoción parecía revivir; pero al leerlos, Annie —modesta y dubitativa como siempre respecto a su propio juicio, especialmente en lo que concernía a la obra de su marido— parecía reconocer cierto elemento de entusiasmo que le confería un brillo, o más bien un encanto de irrealidad, o mejor dicho, de antinaturalidad, que le resultaba inarmónico y, por tanto, inadecuado o fuera de lugar.
Ella pensó que era mejor, sin embargo, decir poco o nada sobre semejante párrafo, y trató de considerarlo de poca importancia, y probablemente de escasa influencia respecto al juicio final.
El relato, tal como pudiera resultar, quedó al fin concluido, y había sido leído, al menos con placer y esperanza, por su amigo, que seguía siendo el único crítico de cuya opinión se atrevía a depender, pues no podía evitar considerar a Annie como prejuiciosa a su favor, aunque la aprobación de ella seguía siéndole absolutamente esencial. Las únicas partes a las que su amigo puso reparo alguno fueron las mismas sobre las cuales Annie ya había dudado, y que él encontraba demasiado poéticas en su tono—no, se cuidó de aclarar, en su sentido,