salía a cazar, y por lo general permanecía fuera casi todo el día. Pero Watho le había impuesto a Fargu un solo mandamiento, a saber, que Photogen no estuviera bajo ningún concepto, fuera cual fuese el pretexto, fuera hasta la puesta del sol, o tan cerca de ella como para despertar en él el deseo de ver qué iba a suceder; y de este mandamiento Fargu cuidaba con ansiosa cautela de no quebrantar; pues, aunque no le habría temblado el pulso si una manada entera de toros se le hubiera venido encima, cargando a toda velocidad por la llanura, y sin una sola flecha en su aljaba, sentía algo más que miedo por su ama. Cuando ella lo miraba de cierta manera, sentía, según decía, como si su corazón se volviera ceniza en su pecho, y lo que corría por sus venas ya no era sangre, sino agua chirle. De modo que, al poco tiempo, a medida que Photogen crecía, Fargu comenzó a temblar, pues descubría que le resultaba cada vez más difícil contenerlo. Tan lleno de vida estaba, como Fargu le dijo a su ama, con gran satisfacción de esta, que se parecía más a un rayo viviente que a un ser humano. No sabía lo que era el miedo, y eso no porque ignorara el peligro; pues había sufrido un grave desgarro por el colmillo afilado como una cuchilla de un jabalí —cuya columna vertebral, sin embargo, había partido de un solo golpe de su cuchillo de caza, antes de que Fargu pudiera alcanzarlo para defenderlo. Cuando espoleaba a su caballo en medio de una manada de toros, llevando solo su arco y su espada corta, o disparaba una flecha a una manada y la seguía como si fuera a recuperar un dardo descarriado, llegando a tiempo para rematarla con una estocada de lanza antes de que el animal herido supiera hacia dónde cargar, Fargu pensaba con terror en cómo sería cuando llegara a conocer la tentación de los leopardos de las guaridas y los linces de garras cortantes, con los que estaba embrujado el bosque. Pues el muchacho había estado tan empapado de sol, desde su infancia tan saturado de su influencia, que contemplaba cada peligro desde una altura soberana de valor.
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VI. Cómo creció Photogen
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