Ahí estaba la figura junto al bargueño abierto, exactamente en la misma posición que en la ocasión anterior. Pero no podía verla con tanta claridad. Me levanté con la mayor suavidad posible y me acerqué a ella, una vez pasado el terror físico inicial. No soy un cobarde. Justo cuando estuve lo suficientemente cerca como para ver el libro de contabilidad abierto sobre la tapa abatible del bargueño, ella se sobresaltó y, al girarse, reveló el rostro de Laetitia. Se sonrojó profundamente.
—«Le ruego que me disculpe, señor Heywood —dijo muy confusa—; pensé que se había ido a la iglesia con los demás».
—«Me había acostado con dolor de cabeza y me había dormido —respondí—. Pero —perdóneme, señorita Hetheridge —añadí, pues tenía la mente llena de aquella terrible coincidencia—, ¿no cree que habría estado mejor en la iglesia que haciendo cuentas el día de Navidad?»
—A mejor día, mejor obra —dijo ella, con un aire algo ofendido, y se dio la vuelta para salir de la habitación.
—«Perdóneme, Laetitia —reanudé, muy serio—, pero quiero decirle algo».
«Ella parecía turbada. Nunca se me pasó por la cabeza que tal vez imaginara que iba a hacerle una confesión. Muy otras cosas ocupaban entonces mi mente. Pues pensaba en lo horrible que sería si ella también, al igual que el fantasma ancestral, tuviera que cumplir una penitencia de siglos vagando por aquel secreter y aquellas horribles figuras, y de repente había decidido contarle toda la historia. Escuchó con el rostro mudando de color y la cara medio desviada. Cuando hube terminado, lo cual me temo que hice con algo parecido a una súplica personal, levantó la cabeza y me miró a los ojos, con apenas un leve gesto de desdén en su fino labio, y me respondió: