ninguna señal de enojo. Cuando se hubieron ido todas, se quedó un momento de pie y luego, en una especie de grito cantado, llamó, dos o tres veces: «¡Peggy! ¡Peggy! ¡Peggy!».
Un grito bajo y alegre, como el relincho de un caballo, respondió y, poco después, saliendo del bosque al otro lado del claro, apareció trotando suavemente el más precioso poni blanco como la nieve, con unas grandes y brillantes alas azules, medio alzadas sobre sus hombros.
Directamente hacia la niña, sin apresurarse ni demorarse, trotó con paso ligero y elástico.
El amor de Rosamond por los animales estalló en una perfecta pasión de deleite ante tal visión. Corrió al encuentro del poni con tanta prisa que, aunque era con mucho el animal mejor adiestrado bajo el sol, dio un paso atrás, encabritó las patas traseras, se alzó y pataleó en el aire antes de tener tiempo de observar qué clase de criatura era la que tanto lo había asustado.
Al percatarse de que se trataba de una niña, cayó al instante sobre sus cuatro patas y, satisfecho con haberla evitado, reanudó su trote tranquilo en dirección a su dueña. Rosamond se quedó mirándolo alejarse con una desoladora desilusión.
Cuando llegó a la niña, apoyó la cabeza en el hombro de ella, y ella le pasó el brazo alrededor del cuello; y después de hablarle un poco, él dio la vuelta y trotó de regreso hacia la princesa.
Casi loca de alegría, se puso a acariciarlo de ese modo brusco que, a pesar de su amor por ellos, solía emplear con los animales; y no era lo bastante delicada, ni siquiera en su interior, como para ver que a él no le gustaba y que solo lo soportaba por amor a su ama. Pero cuando, para saltar sobre su lomo, lo agarró por una de las alas y le desordenó algunas de las plumas azules, él dio media vuelta de repente,