—Pero tú no sabes qué animales tan locos hay allá hacia el sur —dijo Fotogén—: ¡tienen unos ojos verdes enormes y te devorarían como a un trozo de apio, hermosa criatura!
—¡Ven, ven! Tienes que venir —dijo Nycteris—, o tendré que fingir que te dejo para obligarte a venir. He visto los ojos verdes de los que hablas y te cuidaré de ellos.
“¡Tú! ¿Cómo puedes hacer eso?
Si ahora fuera de día, podría protegerte de lo peor de ellos. Pero tal como están las cosas, ni siquiera puedo verlos debido a esta oscuridad abominable. No podría ver tus preciosos ojos de no ser por la luz que hay en ellos; esa que me deja ver directamente al cielo a través de ellos.
Son ventanas al mismísimo cielo más allá del firmamento. Creo que son el lugar exacto donde se hacen las estrellas”.
—¿Vienes entonces, o los cerraré? —dijo Nycteris—, y no los verás más hasta que te portes bien. Ven. Si tú no puedes ver a las bestias salvajes, yo sí.
—¡Tú puedes! ¡Y me pides que vaya! —gritó Fotogén.
—Sí —respondió Nycteris—. Y más que eso, los veo mucho antes de que ellos puedan verme a mí, de modo que puedo cuidarte.
—¿Pero cómo? —insistió Fotogén—. No puedes disparar con arco y flecha, ni apuñalar con un cuchillo de caza.
“No, pero puedo apartarme del camino de todos ellos. Vaya, justo cuando te encontré, estaba jugando con dos o tres de ellos a la vez. Los veo, y también los huelo, mucho antes de que se acerquen a mí—mucho antes de que puedan verme u olerme”.