Las hermanas lo miraban con ternura, con vagos temores acerca de su destino. Sin embargo, poco podían adivinarlo. Que el rostro que amaban pudiera yacer pálido y ensangrentado, en un montón de caídos, era la peor imagen que se alzaba ante ellas; pero esto, de haber visto el futuro, lo habrían preferido infinitamente, en su ignorancia del porvenir más lejano, a aquello que le aguardaba. Y aun mientras lo miraban, un vago sentimiento sobre lo inadecuado de su suerte llenaba sus mentes. Pues, en verdad, a los ojos de cualquiera debió de parecer inadecuado que el muchacho hogareño, el amado de su madre, el mimado de sus hermanas, que era feliz a la manera de las mujeres (como dice Coleridge), si poseía los signos del amor, sin haber buscado jamás sus pruebas—que fuera enviado entre soldados, para mandar y ser mandado; para matar, o tal vez para ser él mismo aplastado fuera de la hermosa tierra en el estrépito que hace retroceder por un momento el reino de la Noche y del Caos. No es de extrañar que a sus hermanas les pareciera extraño y triste. Con todo, tal era su propia posición en la batalla de la vida, en la cual su padre había muerto con dudosa victoria, que cuando su anciano tío militar le envió al muchacho un nombramiento de alférez, ni se les pasó por la cabeza rechazar el único camino abierto, según creían, hacia una profesión honorable, aun cuando pudiera conducir a la fosa de la trinchera. Lo escucharon como la voz del destino, lloraron y cedieron.
Si hubiesen poseído una comprensión más profunda de su carácter, habrían descubierto aún más motivos para dudar de la idoneidad de la profesión elegida para él; y si alguna vez lo hubieran visto en la escuela, es posible que la duda sobre su idoneidad se hubiera transformado en la certeza de una incongruencia.
Su relativa inactividad entre sus compañeros, aunque no debida a ninguna cortedad de entendederas, podría haber sugerido la necesidad de una vida tranquila, si la inclinación y el gusto hubiesen sido los árbitros en la elección.