de las Hadas, sienten una aversión extrema por el desorden. En realidad, son bastante rencorosas con la gente descuidada. Como están acostumbradas a todas las formas encantadoras de los árboles y las flores, y a la pulcritud de los pájaros y de todas las criaturas del bosque, les hace sentirse desgraciadas, incluso en sus profundos bosques y sobre sus alfombras de hierba, pensar que bajo la misma luz de la luna se encuentra una casa sucia, incómoda y descuidada. Y esto las enfurece con la gente que vive en ella, y con mucho gusto los expulsarían del mundo si pudieran. Quieren que toda la tierra esté bonita y limpia. Así que le dan pellizcos a las criadas hasta dejarlas amoratadas y les juegan toda clase de trastadas incómodas.
Pero esta casa era una verdadera vergüenza, y las hadas del bosque no podían soportarla. Intentaron de todo con las criadas, sin efecto alguno, y al final decidieron hacer una limpieza a fondo, empezando por la niña. Debían haber sabido que no era culpa suya, pero tienen pocos principios y mucha malicia, y pensaban que si se deshacían de ella, a las criadas seguro que las echarían.
Así que una tarde, habiendo sido acostada la pobre niñita temprano, antes de que se ocultara el sol, los criados se fueron al pueblo, echando la llave a la puerta tras ellos. La niña no sabía que estaba sola y yacía contenta mirando por su ventana hacia el bosque, del cual, sin embargo, no podía ver mucho, debido a la hiedra y otras plantas trepadoras que se habían extendido por su ventana. De repente vio a un simio haciéndole muecas desde el espejo, y a las cabezas talladas en un gran ropero viejo sonriendo de manera espantosa. Luego, dos viejas sillas con patas de araña avanzaron hacia el centro de la