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nydus/Short FictionPublic
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IX. Salida

Y con eso cayó de rodillas y tendió las manos hacia la luna. No habría sabido explicar en absoluto lo que pasaba por su mente, pero el gesto era en realidad una súplica a la luna para que fuera lo que era: ese esplendor preciso e increíble suspendido en el lejado techo, esa gloria misma esencial para el ser de las pobres niñas nacidas y criadas en cavernas. Era una resurrección —no, un nacimiento en sí— para Nycteris. Lo que pudiera ser el vasto cielo azul, tachonado de diminutas chispas como las cabezas de clavos de diamante; lo que pudiera ser la luna, con un aspecto tan absolutamente satisfecho de luz... ¡vaya, sabía menos de todo ello que tú y yo! Pero el más grande de los astrónomos podría envidiar el arrebato de semejante primera impresión a la edad de dieciséis años. Era inconmensurablemente imperfecta, pero falsa no podía ser la impresión, pues veía con los ojos hechos para ver, y veía en verdad lo que muchos hombres son demasiado sabios para ver.

Al hincarse, algo la rozó suavemente, la abrazó, la acarició, la mimó.

Se puso en pie, pero no vio nada, no supo qué era. Era lo más parecido al aliento de una mujer.

Pues no sabía nada ni siquiera del aire, nunca había respirado la frescura aún recién nacida del mundo. Su aliento le había llegado solo a través de largos pasajes y espirales en la roca. Menos aún sabía del aire vivo de movimiento⁠—de esa cosa tres veces bendita, el viento de una noche de verano.

Era como un vino espiritual, que llenaba todo su ser con una embriaguez de la más pura alegría. Respirar era una existencia perfecta. Le parecía que era la luz misma lo que inhalaba en sus pulmones. Poseída por el poder de la espléndida noche, le parecía al mismo tiempo aniquilada y glorificada.

Estaba en el pasaje abierto o galería que corría alrededor de la parte superior de los muros del jardín, entre las almenas hendidas, pero ni una sola vez miró hacia abajo para ver qué había debajo.

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