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nydus/Short FictionPublic
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Puerto en la tormenta

“Y así salió de la habitación. Y le dejé marchar. Pues había oído decir que el camino desde Liverpool era intransitable, ya que el viento y la nieve habían continuado todos los días desde aquella noche de la que os hablé. Mientras tanto, nunca había sido capaz de armarme de valor para decirle una sola palabra a vuestra madre... le ruego que me disculpe, quiero decir a la señorita Thornbury.

Llegó el día de Navidad. Mi tío era horrible de contemplar. Sus amigos estaban evidentemente preocupados por él. Pensaban que estaba enfermo. Había en él una gran indecisión, como la de un tiburón ante el cebo, y una gran agitación, como la de una ballena en sus últimos estertores. Tenía un secreto horrible que no se atrevía a contar y que, sin embargo, saldría de su tumba a la hora señalada.

Abajo, en la cocina, el rosbif y el pavo estaban recibiendo su merecido. Arriba, en el cuarto de despensa —pues a Lady Georgiana no se le caían los anillos por ocuparse de las labores del hogar, como tampoco a su hija—, las damas de la casa hacían su parte; y yo oscilaba entre mi tío y su sobrina, haciéndome sumamente útil ora con la una, ora con el otro. El pavo y la buey estaban en la mesa, es más, ya se los habían comido bien, antes de que sintiera que había llegado mi momento. Afuera, el viento aullaba y arrojaba la nieve con suaves golpes contra los vidrios de las ventanas. Con ojos ávidos observé al general Fortescue, quien despreciaba el jerez o el Madeira aun durante la cena, y no habría tocado el champán como tampoco el eau sucrée, sino que bebía oporto indistintamente después del pescado o con el queso; con ojos ávidos observé cómo la última botella agotaba su vida desvaneciente en el transparente decantador. Copa tras copa le era suministrada al general Fortescue por el intrépido contramaestre, quien, de haber podido elegir, habría preferido abordar un barco francés antes que esperar lo que iba a suceder. Mi tío apenas probó bocado, y lo único que evitaba que su rostro se alargara aún más con la retirada de cada plato era que solo la muerte podría haberlo hecho más largo de lo que ya era. Me convenía dejar

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