todos los colores del arco iris y proyectaba reflejos de colores a todas partes, los cuales parecían también Sombras, pero más etéreas que las que lo transportaban. Entonces las Sombras se elevaron suavemente hacia la ventana, la atravesaron y, descendiendo con lentitud sobre el campo de nieve extendida, iniciaron un deslizamiento ordenado, más que una marcha, a lo largo de la superficie congelada. Se turnaban para llevar al rey mientras avanzaban con la velocidad del pensamiento, en línea recta hacia el norte. La estrella polar se elevaba sobre sus cabezas con visible rapidez; pues en verdad se movían tan deprisa como los pensamientos tristes, aunque no con toda la celeridad de los deseos felices. Inglaterra y Escocia se deslizaron junto a la litera del rey de las Sombras. Sobre ríos y lagos planearon y se deslizaron. Escalaron las altas montañas y cruzaron los valles con un salto audaz, hasta llegar a la casa de John-o’-Groat y al mar del Norte. El mar no estaba helado; pues todas las estrellas brillaban tan nítidas en las profundidades de abajo como brillaban en las profundidades de arriba; y mientras los porteadores se deslizaban por la superficie gris azulada sin dejar ni un surco en su estela, el agua de abajo era tan pura que el rey no vio ni superficie, ni fondo, ni sustancia en ella, y parecía deslizarse únicamente a través de la esfera azul del cielo, con las estrellas sobre él, las estrellas bajo él, y entre las estrellas y él nada más que un vacío donde, por primera vez en su vida, su alma sintió que tenía espacio suficiente.
Al fin llegaron a las rocosas costas de Islandia. Allí desembarcaron, prosiguiendo aún su viaje. Durante todo este tiempo el rey no sintió frío; pues las piedras rojas de su corona lo mantenían abrigado, y los ojos de esmeralda y zafiro de las bestias salvajes impedían que las heladas se posaran sobre su litera.
A menudo, en su camino, tenían que atravesar bosques, cavernas y senderos ensombrecidos por las rocas, donde estaba tan oscuro que al principio el rey temió perder por completo a sus Sombras. Pero tan pronto como entraban en esos lugares, el diamante de su cetro comenzaba a brillar, resplandecer y destellar, enviando corrientes de luz